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Paso la mayor parte de mi tiempo en
mi taller. La arcilla, como material
y forma de expresión nunca ha dejado
de fascinarme. A partir de bloques
de arcilla puedes crear casi
cualquier cosa.
Uso
tres, o cuatro tipos diferentes de
piedras arcillosas, es decir
arcillas que toleran altas
temperaturas. Todo se cuece dos
veces. La primera vez, la loza de
barro debe estar totalmente seca,
para evitar que explote en el horno.
En esta primera cocción la
temperatura ronda los 1000ºC.
La segunda vez, se realiza el
vidriado, cociendo entre 1280–1300ºC.
Hago mis mezclas de vidriado a
partir de mis propias recetas. Mi
horno es de gas, lo cual ofrece la
ventaja de poder cocer en una
atmósfera reductora y oxidante al
mismo tiempo. Los hornos eléctricos
sólo cuecen en atmósferas de oxígeno.
Tanto la arcilla, como el vidrio
cambian de color y de matiz en una
atmósfera reductora y eso es lo que
más me gusta.
Sin embargo, mi interés no se centra en el vidrio. Las líneas, las estructuras y los matices que quedan en la arcilla parcialmente no vidriada son más importantes para mí. Captar expresiones y movimientos es lo esencial. Trabajo principalmente con relieves y esculturas y no trabajo mucho con el torno. A menudo pongo un trozo de arcilla sobre otro y lo doblo y tuerzo para conseguir líneas interesantes. Siempre me ilusiona abrir el horno después de haber vidriado, porque nunca se puede estar seguro del resultado. ¡Es un reto constante, del que nunca me canso!
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